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Palabras del Presidente Juan Manuel Santos en los 25 años de Hoy Diario del Magdalena

 
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Bogotá , 2018-07-27T05:00:00Z 7/27/2018 5:00:00 AM
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Palabras del Presidente Juan Manuel Santos en los 25 años de Hoy Diario del Magdalena

Colombia está llena de historias maravillosas. Historias de compatriotas que trabajan duro, duro para realizar sus sueños, hacer empresa, construir un mejor futuro, un mejor país.

Uno de esos casos es el de Hoy Diario del Magdalena, cuya historia, además, está ligada a otra casa editorial, donde mi familia estuvo muy involucrada por más de 100 años. El Tiempo. Y particularmente, un hermano mío, Luis Fernando, quien en su momento creyó y apoyó este proyecto periodístico.

Por eso me complace tanto acompañarlos en la celebración de sus primeros 25 años, como uno de los diarios –porque así se ha caracterizado, por su trabajo y por su importancia–, como uno de los medios informativos más representativos de la maravillosa, lindísima región Caribe.

La historia de este sueño liderado por Ulilo Acevedo comenzó en 1986, como él bien lo describió, la creación de ‘Hoy Lunes’, una publicación que tuvo mucha acogida desde el comienzo.

En 1993, a pesar de las dificultades que implicaba no tener una rotativa propia –yo sé lo que eso significa– Ulilo le apostó a publicar la primera edición de Hoy Diario del Magdalena. O sea, hace 25 años.

Y lo consiguió, apoyado –en un comienzo– por dos impresores: los talleres del diario La Libertad y la planta satelital de la Casa Editorial El Tiempo, que teníamos en Barranquilla. Y desde esa planta en Barranquilla se imprimió el diario durante más de 12 años.

Más tarde, ya con rotativa propia, y una marca reconocida y una marca respetada en la región, siguieron consolidando esta empresa con más contenidos informativos, con impresos, con lo que hoy se denomina las comunicaciones virtuales, y ese es Hoy Diario del Magdalena.

La perseverancia, la constancia, el sacrificio rindieron frutos. Y hoy este –podríamos decir– consorcio, además de seguir informando de manera responsable a sus lectores, genera empleo. Y no solamente genera empleo aquí en Santa Marta; genera empleo en Bogotá, genera empleo en Valledupar, genera empleo en Barranquilla.

Y así como Ulilo, yo aprendí, también, a querer, a respetar, a amar este oficio en el que se reúnen mis más profundos afectos y mis más fuertes creencias democráticas.

Crecí en medio del ajetreo de las salas de redacción, crecí en medio de ese papel periódico que tiene un olor muy particular, a tinta.

Inclusive, cuando estaba muy pequeño, en medio del plomo, que ya no se utiliza pero se utilizaba, no para hacer las balas, sino el plomo para imprimir los periódicos que, en cierta forma, eran a veces como unas balas por el poderío de la palabra.

Y en ese proceso, tuve el privilegio de tener como faro, en materia periodística, a mi padre y a mi abuelo, que siempre me decían, lo que decía la Gobernadora y ‘Gabo’: este es el oficio más lindo, este es el mejor oficio. Y siempre me enseñaron a respetar el periodismo y amar el periodismo.

De ellos aprendí los valores esenciales de este oficio. El rigor, algo muy importante; la ética, la permanente búsqueda de la verdad. Yo digo con mucha frecuencia: no es tan difícil gobernar cuando uno tiene claro qué quiere hacer.

Y para gobernar se requieren dos faros, dos objetivos, dos principios inspiradores: la Constitución de Colombia y la Biblia.

Esos dos, si uno sigue esos parámetros, consigue lo mejor.

En el periodismo es la búsqueda de la verdad. Cuando uno se dedica a buscar la verdad como periodista, nunca le va mal. Puede que sea peligroso, puede que sea arriesgado, puede que sea difícil, pero esa es la razón de ser del periodista: que salga la verdad.

Y también que salga a relucir la verdad con un compromiso social. De vigilar, sobre todo, a los poderes, a los gobernantes. Y ser, como decía Ulilo, la voz de los ciudadanos.

Se trata de valores intemporales. De pilares que no son innegociables. Principios que todos –periodistas, ciudadanos, gobernantes– debemos tener presentes, sobe todo en estos tiempos en los que la tecnología está cambiando, y a una rapidez increíble, las reglas de juego.

Yo digo también –y aquí tengo al Ministro de las TIC’s–, discutimos mucho cómo es que los gobiernos debemos hacer para mantenernos al día en los cambios tecnológicos. Es bien difícil porque los gobiernos son lentos por naturaleza, por definición. Cada decisión toma su tiempo. Y la tecnología avanza a unas velocidades cada vez más rápidas.

Pues el periodismo también está siendo afectado por ese fenómeno de las tecnologías.

No deja de ser paradójico que hoy, cuando la información está al alcance de un clic y las fuentes de consulta parecen infinitas –porque aquí ya todos somos periodistas, todos tenemos un celular y entonces vemos algo y lo firmamos, y ahí está la verdad. ¡Cómo ha cambiado!–,pero paradójicamente la más amenazada hoy en día es esa, la verdad.

Hace unos años, un sacerdote –me acuerdo estaba yo esperando una audiencia con el Santo Padre, era de Argentina– y me dijo algo muy sabio, me dijo: en la actualidad el problema era que el mundo siente más y piensa menos.

Y yo me puse a reflexionar sobre eso y tiene toda la razón. Las emociones hoy son lo que está poniendo la pauta, más que los argumentos.

Si uno estudia los clásicos, Aristóteles le ganó a Sócrates. Aristóteles decía que la democracia tiene que ser la emoción del pueblo. Sócrates decía: no, tiene que ser la discusión de los argumentos.

Parece que por lo menos en estas últimas semanas, meses y años está ganando Aristóteles.

Pareciera que la rabia funciona mejor que la moderación. Por eso, mi querido Efraín Cepeda, les decía yo a ustedes en ese discurso del 20 de julio: no olviden la moderación. Esa moderación que Aristóteles y Sócrates y Washington y Bolívar, decían es necesaria para gobernar y hacer de la política un arte efectivo.

Las emociones, infortunadamente, hoy están pesando más que las evidencias. Y un comentario incendiario tiene mayor resonancia que una respuesta serena y argumentada.

Y así, como cuando los árboles no dejan ver el bosque –como cuando lo urgente no deja tiempo para lo importante–, la atención de la opinión pública termina desviándose hacia asuntos llamativos, muchas veces de poca trascendencia.

Y de esta forma, la capacidad que podría usarse para tender puentes, para promover principios tan elementales y tan necesarios como la equidad o la inclusión, termina siendo un vehículo para generar frustración, desconfianza o algo que es muy peligroso para una democracia: la pérdida de confianza en las instituciones.

Hoy las instituciones están sometidas a un permanente ataque sobre su razón de ser. Y cuando la gente deja de creer en las instituciones, la democracia se desmorona como un castillo de naipes.

Porque la democracia se basa en el buen funcionamiento de sus intuiciones. Instituciones que son imperfectas, porque son hechura del hombre. El ser humano, todos los seres humanos somos imperfectos, y cometemos equivocaciones.

Pero como decía ese gran líder Winston Churchill, la democracia es el peor de los sistemas, excluyendo todos los demás.

Y por eso tenemos que hacer todos los esfuerzos para mantener nuestras libertades, nuestra democracia. Y el periodismo juega un papel fundamental en ese propósito.

Todo lo que está sucediendo se trata de un fenómeno global. La semana pasada, vi al expresidente Barack Obama bailando por allá en Sudáfrica, en la conmemoración de los 100 años del nacimiento de Nelson Mandela, a quien tuve el inmenso privilegio de conocer.

Yo fui a Sudáfrica a entregarle la presidencia de la Unctad, allá en los años 90. Y me fui a charlar con él 15 minutos y duramos conversando más de cuatro horas y media.

Después me lo encontré en Davos. Y me acuerdo que me decía, varias frases que me recuerdo de él perfectamente: si la guerra sigue en su país, nunca se van a poder desarrollar. Busque la paz.

Me decía: un gobierno debe ser medido por la forma como trata al más pobre y al más vulnerable.

Esas dos frases se me quedaron muy marcadas y las he utilizado mucho.

Pero decía Barack Obama en la celebración de los 100 años de Mandela, decía lo siguiente:

“Los medios virtuales y las redes sociales –antes vistos como un mecanismo para promover el conocimiento, la comprensión y la solidaridad– han demostrado ser igual de efectivos pero para promover el odio y la paranoia y la propaganda y las teorías de la conspiración”.

Y no podemos permitir que la verdad, que es la razón de ser del periodista; no podemos permitir que los argumentos, que es la razón de ser de una buena discusión democrática; y los hechos objetivos, pierdan la batalla frente a las suposiciones.

La verdad –no la de los políticos o sectores interesados, sino la de los periodistas y los informadores serios– debe volver a tener el peso que se merece, que siempre ha tenido. porque la verdad importa, e importa mucho.

Exaltar la rabia les podrá dar resultado a algunos sectores. Inspirar odios es relativamente fácil. Yo digo: odiar es fácil, pero, infortunadamente para el que odia pierde. El que odia, pierde. Pero el costo de eso lo pagan nuestras instituciones y nuestra sociedad. Por eso hay que tratar de contener eso.

Por eso celebro que desde las regiones, desde medios como Hoy Diario del Magdalena, lleven a cabo un ejercicio periodístico responsable, libre y comprometido, hasta divertido, audaz.

Ahí Ulilo me mostraba los titulares de los eventos más significativos, con los que hicieron la primera página. Inclusive uno sobre un árbitro, donde yo le dije que estaba de acuerdo.

Pero siempre un periodismo sano está comprometido con la sociedad. Y una sociedad bien informada es mucho más sana.

Eso es lo que la democracia necesita que sigan haciendo –contra viento y marea–: un periodismo riguroso, que no sea presa fácil de la posverdad, sino que tenga como norte a la verdad.

Yo fui el ganador del primer Premio de Periodismo Rey de España que se otorgó. Y miren esa coincidencia y esa paradoja. Me lo gané porque yo era Presidente de Comisión de Libertad de Prensa de la SIP. Y me tocaba ir a los países de América Latina a defender la prensa.

Fui a Chile a defender la libertad de prensa, sobre un periódico que se llamaba “La Tercera”, contra Pinochet, que lo estaba censurando.

Quisimos ir a Cuba; no nos dejaron entrar. Fuimos a El Salvador, pero fuimos a Nicaragua a defender a una gran periodista, una gran señora que se llamaba Violeta Chamorro y su periódico, contra la censura que le estaba imponiendo quien hoy es Presidente de Nicaragua: Daniel Ortega y su hermano, que era el Comandante del Ejército. Y estaba de Vicepresidente Sergio Ramírez.

Allá fuimos a reclamar la libertad de prensa, a censurar lo que estaban haciendo.

Y regresamos y escribimos una serie de crónicas con mi hermano, que se tituló ‘Una Revolución despilfarrada’.

Porque allá nos dieron toda la información sobre cómo la Revolución Sandinista era una especie de farsa. Ahí había era una corrupción detrás de eso. Lo que querían era apropiarse de las casas de los ricos. Y cómo eso realmente, esa revolución, era una revolución de papel.

Escribimos esas crónicas –eran como tres o cuatro crónicas– y de pronto me llaman y me dicen: que lo llama el Rey de España.

Yo dije eso debe ser un amigo tomándome del pelo.

Y efectivamente era el Rey de España. Me dijo que me había ganado el Premio. E inmediatamente nos declararon a mi hermano y a mí personas non gratas en Nicaragua.

No hemos vuelto desde entonces. Pero mire lo que está sucediendo hoy en Nicaragua, que eso es realmente, va para Venezuela que se las pela, como dicen, y tenemos nosotros que actuar con más contundencia para evitar lo que allá está sucediendo.

Por mi parte tengo la tranquilidad de haber sido absolutamente respetuoso de la libertad de prensa durante mi Gobierno. No hay un solo periodista serio que pueda decir que en estos años se le persiguió, se le censuró, se le chuzó o cualquier cosa por el estilo.

Y les pido que usen ese poder –a todos los periodistas– para ayudarnos a construir una Colombia mejor. No a mí, ni al gobierno de Juan Manuel Santos, sino a todos los colombianos.

En estos últimos años nuestro país ha vivido acontecimientos históricos.

Gracias al fin del conflicto armado con las Farc, Colombia está descubriendo todo su potencial. Tenemos avances que se traducen en tranquilidad, desarrollo, calidad de vida para muchísimos colombianos en todas partes.

El año pasado fue el más tranquilo en más de 40 años. Se han salvado miles de vidas. Como decía, Ulilo, las camas del hospital Militar están desocupadas.

Queda mucho camino por recorrer, mucho por hacer. Pero Colombia está cambiando para bien. De eso dan cuenta más de 5 millones y medio de compatriotas que salieron de la pobreza; más de 3 millones y medio de empleos creados –la mayoría formales–.

Y un país que está cambiando su cara gracias a la revolución de la infraestructura, que estamos realizando a lo largo y ancho del territorio.

Garantizamos la gratuidad en la educación y promovimos un mayor acceso. Protegimos nuestros recursos naturales, estamos entregando áreas que equivalen a un territorio superior al de Italia, o de Japón, como áreas protegidas.

Nuestra economía no dejó de crecer a pesar de las tormentas en el entorno internacional.

Para muchos compatriotas estos hechos pasaron desapercibidos. ¿Por qué? Algo estamos haciendo mal TODOS. En algo estamos fallando para que las noticias esperanzadoras no calen entre los colombianos, como deberían calar.

El espíritu y la capacidad crítica del periodismo deben mantenerse siempre. Nunca he pedido ni pediré que renuncien a contar noticias, a que las callen o las escondan.

Pero sí estoy convencido de que no podemos –ni debemos– resignarnos a vivir en un país en el que solo pasan cosas malas, cuando los hechos nos están mostrando otra cosa.

Y repito: no son logros del Presidente Juan Manuel Santos. No son logros ni siquiera de mi Gobierno; son conquistas de todos los colombianos.

Estoy convencido de que vale la pena resaltarlos porque –a pesar de los muchos retos que tenemos por delante– son también la demostración de que los colombianos podemos seguir saliendo adelante.

No estamos condenados al fracaso ni al atraso, como dicen algunos. Cuando nos unimos podemos lograr todo lo que nos proponemos.

Miren lo que pasó en los (Juegos) Bolivarianos. Ese es un ejemplo maravilloso.

Aquí decían no, que Santa Marta no va a poder hacer esos juegos, que eso va ser un fracaso. Qué cosa nos les dijeron.

No solamente hicimos los mejores Juegos Bolivarianos de la historia, sino que además arrasamos en materia de medallería.

Es la historia de un país que se transforma para bien. La historia de un país que comienza a sacar provecho de todo su inmenso potencial. Una historia que bien vale la pena contar.

Y estoy seguro de que así como lo han hecho durante estos años –25 años–, esas historias se van a seguir plasmando con independencia y compromiso con la verdad en las páginas del este periódico.

Para mí es un gusto, Ulilo, entregarle a usted y a todos los miembros de esta familia informativa la condecoración ‘Manuel Murillo Toro’ por estos primeros 25 años de trabajo incansable en favor de una Colombia mejor comunicada.

¡Que sean muchos años más. Muchos años más de buen periodismo en beneficio de la región Caribe, esta maravillosa región de Colombia, y de todo el país!

Y le deseo todo lo mejor. Otros 25, y después otros 50, y después 100 años más.

Muchas gracias.

(Fin)

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