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Palabras del Presidente de Colombia y Premio Nobel de Paz, Juan Manuel Santos, en la ceremonia de despedida de los estudiantes graduados de la Universidad de Virginia

 
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Charlottesville, Virginia , 2017-05-19T05:00:00Z 5/19/2017 5:00:00 AM
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Palabras del Presidente de Colombia y Premio Nobel de Paz, Juan Manuel Santos, en la ceremonia de despedida de los estudiantes graduados de la Universidad de Virginia

Apreciada presidenta Sullivan y miembros del Consejo Directivo, distinguidos miembros de la comunidad académica, exalumnos, familiares, amigos y –sobre todo– la nueva generación de líderes de todo el mundo:

Me siento muy honrado y emocionado al hablar hoy ante ustedes y, especialmente, ante los estudiantes de esta promoción del año 2017 que celebran un hito único en sus vidas.

Como padre de uno de los graduados de hoy, siento el mismo orgullo y alegría que hoy experimentan los familiares aquí presentes.

Y permítanme aprovechar la ocasión para expresar mi profunda gratitud por la educación y las experiencias que esta gran universidad, mundialmente reconocida, ha brindado a mi hijo Esteban y a sus compañeros.

Y hay otra feliz coincidencia para mí, pues mi país ganó su libertad el mismo año en que Thomas Jefferson fundó esta universidad: en 1819. ¡Así que celebraremos juntos nuestro bicentenario!

De hecho, Colombia se inspiró entonces en los mismos principios que acogieron los padres fundadores de esta gran nación: libertad, igualdad y democracia.

Estos principios iluminaron el camino que condujo a nuestra libertad; ellos dieron forma a nuestro nacimiento como nación; siguen siendo nuestra guía y –sin duda– seguirán siéndolo en el futuro.

¿Y qué pensamientos puedo compartir hoy con ustedes, una nueva generación de jóvenes hombres y mujeres que sale al mundo en busca de aventura y de cumplir sus sueños?

Supongo que podría hablarles sobre la receta para el éxito… o el valor de la sabiduría y el conocimiento… o quizás sobre el significado de la vida…

¡Pero no soy Steve Jobs! Me siento mucho más cómodo hablándoles sobre algo un poco más inusual, pero también más práctico para esta ocasión: el fracaso.

Hoy quisiera hablarles sobre las caídas, sobre el valor intrínseco de ser derrotados y lo que ocurre cuando parece que todos los obstáculos se atraviesan en el camino.

Ahora mismo, si han leído las encuestas internacionales que señalan a los colombianos como uno de los pueblos más felices del planeta, me imagino que se deben estar preguntando: “¿Por qué su presidente nos quiere deprimir? ¡Nosotros queremos ser exitosos! ¡Nosotros no queremos fracasar!”

Y claro, por supuesto que ustedes quieren ser exitosos. El problema es que el éxito no tiene una fórmula garantizada.

La única garantía es que enfrentarán el fracaso quizá muchas más veces que el éxito. Pero, si aprenden a usar las increíblemente valiosas lecciones que el fracaso ofrece para alcanzar sus metas y sus sueños, entonces –y solo entonces– su vida terminará siendo un verdadero éxito.

Primero, pensemos en qué consiste el éxito. ¿Es la excelencia profesional? ¿Se mide por cuántos ceros tienen en su cuenta bancaria? ¿Es la búsqueda y el ejercicio del poder?

Estoy seguro de que la mayoría de ustedes ya saben que el éxito es mucho, muchísimo más que estas simples y básicas definiciones.

Mi definición favorita del éxito fue bellamente escrita por Ralph Waldo Emerson hace casi dos siglos. Y dice así:

“¿Qué es el éxito?

Reír mucho y con frecuencia.

Ganarse el respeto de la gente inteligente

y el cariño de los niños.

Merecer la aprobación de los críticos honestos

y superar la traición de los falsos amigos.

Apreciar la belleza;

descubrir lo bueno en los otros.

Dejar el mundo un poco mejor,

tal vez un hijo sano,

un trozo de jardín,

una condición social más justa.

Saber que alguien

ha sido un poco más feliz

porque tú has vivido.

¡Eso es haber tenido éxito!”.

Me encanta esta definición, y mi parte favorita es aquella en que dice: “Saber que alguien ha sido un poco más feliz porque tú has vivido”.

Eso, apreciados graduandos de la Clase del 2017, es la verdadera definición de éxito: hacer la diferencia; ayudar a un amigo, a un coterráneo, a su comunidad o a su nación a ser un poco mejores, simplemente ¡porque ustedes existieron!

Y, si esto es el éxito, ¿qué es el fracaso?

Para ilustrar este punto, déjenme contarles unas historias personales de mi vida, que un amigo periodista definió como una verdadera paradoja: una vida exitosa plagada de fracasos y derrotas.

Cuando era un joven, más o menos de la edad de ustedes, fui cadete en la academia naval de mi país y allí, en las clases de navegación, aprendí mi más apreciada lección, que se resume en una frase del filósofo latino Seneca:

“Ignoranti quam portum petat, nullus sus ventus est”.

Que esencialmente significa: “A quien no tiene claro su puerto destino, ningún viento le resulta favorable”.

Yo he reformulado esa frase y la he hecho la guía de mi vida: “A quien tiene claro su puerto de destino, incluso los vientos más desfavorables lo ayudan a llegar a él”.

Y eso, precisamente, fue lo que pasó en Colombia.

Nosotros decidimos avanzar hacia nuestro más importante puerto de destino, el más importante que cualquier nación pueda buscar: ¡la PAZ!... La paz después de más de 50 años de conflicto.

E incluso las tormentas más feroces y los vientos más adversos nos ayudaron a llegar a la meta.

Por más de 200 años, desde nuestra independencia, Colombia ha vivido una dolorosa historia de guerras internas y violencia.

Durante el siglo XIX fuimos el país de América Latina que más guerras civiles tuvo. Más recientemente, por más de 50 años, sufrimos un conflicto interno armado con las FARC, una guerrilla de orientación marxista. Este conflicto devastó a nuestra nación y nos dejó más de 8 millones de víctimas y más de 220 mil muertos.

Casi todos mis predecesores intentaron derrotar a la guerrilla militarmente. Pero sus esfuerzos fracasaron. En una geografía tan vasta y compleja como la de Colombia –nuestro país es más grande que California y Texas sumados–, con selvas y montañas por doquier, esa clase de victoria era virtualmente imposible.

Muchos trataron de lograr una solución a través del diálogo con este grupo guerrillero, el más antiguo y el más poderoso en América. Pero tampoco estos intentos tuvieron éxito.

Ninguna de las partes creía en la voluntad de la otra para hacer y mantener la paz. Necesitábamos crear las condiciones para superar esta desconfianza.

Y aquí hay una lección: es importante tener claro el puerto de destino, pero también hay que comprender las condiciones meteorológicas y las rutas que se deben transitar para alcanzarlo.

Más de 25 años atrás, cuando me reuní con Nelson Mandela en Sudáfrica, él me hizo ver que los colombianos no podríamos cumplir nuestro sueño de tener un país próspero mientras no pusiéramos fin a nuestro conflicto interno armado.

En Colombia, generación tras generación, nos fuimos acostumbrando a la violencia en la vida cotidiana, en las noticias, en todas partes, como si se tratara de una especie de realidad alternativa.

De hecho, nadie en mi país por debajo de 70 años había experimentado nunca un día de completa paz. Por eso, hice de la búsqueda de la paz mi propio puerto de destino.

En el camino, sin embargo, experimenté muchos más fracasos que victorias. Fue un viaje largo y difícil.

Tropecé muchas, muchas veces. Pero me levanté siempre y procuré sacar lecciones de cada derrota. Busqué superar cada obstáculo. Fui obstinado, persistente y decidido. Me obsesioné con alcanzar ese puerto de destino soñado por mi generación y –más importante aún– para las próximas generaciones.

En los años noventa, como particular y periodista, busqué una aproximación con miembros de los grupos armados ilegales. ¡Gran error! Me calificaron como un conspirador en contra del gobierno del momento.

Algunos años más tarde, cuando era ministro de Defensa, me volví muy popular porque les asestamos a las FARC los más contundentes golpes militares en su historia, neutralizando a varios de sus máximos líderes.

Cuando llegué a la Presidencia, muchos pensaron que continuaría por el camino de la guerra y que buscaría la total aniquilación del enemigo. Esa era la opción más fácil, más natural y más popular.

Por eso, cuando anuncié que iba a buscar la paz a través del diálogo me llamaron traidor. Tristemente, muchos en Colombia aún me consideran de esta manera.

Aprendí que, irónicamente, es mucho más popular hacer la guerra que hacer la paz. Mi popularidad en las encuestas cayó dramáticamente, y mis consejeros sugirieron que reversara mi decisión. Sin embargo, contra todas las probabilidades, mantuve el curso.

Yo sabía en lo más profundo de mi corazón, que, mientras existiera una oportunidad mínima –¡una pequeña ventana!– para poner fin a esta guerra trágica y sangrienta, ¡tenía que intentarlo!

Si no lo hubiera hecho, nunca me lo habría perdonado…

Ustedes también comprenderán algún día que su conciencia les susurra en el oído, tarde en la noche, y les dice qué es lo correcto. Hoy les pido: escuchen esa voz. ¡Es la voz de su sabiduría interior!

En el año 2014, cuando estábamos en medio de las conversaciones de paz, me presenté para la reelección, y ¡adivinen! En la primera vuelta, saqué unos pocos votos menos que el candidato que estaba en contra del proceso de paz.

Finalmente, gané en la segunda vuelta, pero nuestros problemas no habían terminado.

A finales del año pasado ocurrió lo impensable.

Después de seis años de arduas negociaciones, se firmó el acuerdo de paz. Nuestro sueño estaba a punto de convertirse en realidad. Tal como lo había prometido a los colombianos, sometí el acuerdo a la ratificación del pueblo en un plebiscito. Y ¡adivinen otra vez! Para la sorpresa de todos, ganaron los votos del No, si bien por un escasísimo margen.

Lo que experimentamos entonces en Colombia fue una especie de Brexit después del Brexit. Tuvimos un problema de “noticias falsas” antes de que las “noticias falsas” fueran una tendencia en las redes sociales.

Lo cierto es que subestimamos la forma en que una campaña de mentiras y de mensajes de miedo, división y exclusión puede influir en los votantes o desalentarlos.

El país y la comunidad internacional estábamos impactados.

¿Y qué hicimos? Acepté de inmediato el resultado y me concentré en buscar un diálogo estratégico con la oposición. Me reuní con muchos de los líderes que habían criticado el acuerdo y escuché sus preocupaciones.

La desesperación, entre tanto, comenzaba a tomarse el país… Pero entonces nuestros jóvenes –jóvenes como ustedes– decidieron tomar su futuro en sus manos y salieron a las calles, a las plazas, exigiendo paz ya, ¡un nuevo acuerdo de paz ya!

Y exactamente cuatro días después de haber perdido el plebiscito, recibí la más sorpresiva llamada informándome que había sido galardonado con el Premio Nobel de la Paz.

Eso fue como un regalo de Dios. Y aquí hay otra lección: cuando quiera que se encuentren en problemas, ¡recen! Dios es misericordioso.

Con este nuevo e inesperado impulso, regresamos a la mesa con las FARC y reabrimos las negociaciones. El resultado final fue un acuerdo mejor que el original.

De hecho, muchos expertos consideran a nuestro acuerdo de paz como el mejor y más integral que se ha firmado en el mundo para resolver un conflicto interno armado.

Así, como pueden ver, de fracaso en fracaso, de derrota en derrota, logramos crear nuevas oportunidades y convertimos en posible lo que parecía imposible.

Bien decía Jefferson: “Nada puede impedir que una persona con la adecuada actitud mental alcance su objetivo”.

Hoy, apreciados miembros de esta gran y formidable Comunidad Wahoo, Colombia –finalmente– está construyendo una paz duradera.

Hoy, en nuestros hospitales militares, las camas que estuvieron llenas de soldados heridos están prácticamente vacías.

Hoy, miles de guerrilleros están entregando sus armas, aprendiendo nuevos oficios y preparándose para reincorporarse a la sociedad bajo las reglas de nuestro sistema democrático y el estado de Derecho.

Nuestro barco llegó a su destino. No porque fuera fácil, sino porque fue difícil.

Fue con estas palabras con las que el presidente Kennedy convocó a la generación de sus abuelos a apoyar una misión a la Luna.

Por eso, cuando ustedes se vayan hoy, pregúntense cuál es, cuál será, su puerto de destino. ¿Cuál es su “viaje a la Luna”, su gran proyecto?

Cada tormenta, cada viento desfavorable, cada fuerza en el universo, los ayudará a lograrlo. ¡Se los prometo!

El mundo polarizado de hoy enfrenta turbulencias políticas, la amenaza del terror, brotes de guerras sectarias y la creciente, terrorífica, posibilidad de un conflicto nuclear.

La respuesta no es sucumbir al temor, la intolerancia y el odio hacia quienes son diferentes a ustedes.

Su generación no puede y no debe dar marcha atrás ni rendirse a estas fuerzas siniestras y regresivas.

Su generación debe comenzar a liderar ahora. No más tarde, ¡ahora!

Su liderazgo debe unificar y no dividir. Y ese liderazgo debe ser sabio en su juventud.

Esa es la responsabilidad que ustedes comenzarán a tener a partir de hoy, no importa qué profesión hayan escogido.

Su generación es compasiva. Su generación cree en el poder unificador del amor. Su generación ve la diversidad como una fortaleza y no como una debilidad.

Ustedes harán lo correcto para bien de todos. Porque ustedes entienden que este no es el momento de separarnos, sino de reunirnos. Que este no es el momento de dar la espalda, sino de extender el brazo a otros. Que este no es el tiempo de desconectar, sino de reconectar.

Las diferencias de raza, de credo o de preferencia sexual no pueden distraernos de esta verdad esencial e indiscutible: nosotros, los seres humanos, somos UNO.

Nuestro pueblo se llama el mundo. ¡Y nuestra raza se llama humanidad!

Así pues, queridos graduandos, hoy los invito a ser exitosos haciendo la diferencia: a crear un mundo con mayor compasión, tolerancia y amor.

Que podamos decir que “alguien ha sido un poco más feliz porque ustedes han vivido”.

¡Nuestro futuro depende de su éxito!

¡Felicitaciones, Clase del 2017!

(Fin)

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