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Palabras del Presidente Juan Manuel Santos en el XX Encuentro de la Jurisdicción Ordinaria

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Manizales , viernes, 6 de octubre de 2017
Sistema Informativo del Gobierno - SIG

Palabras del Presidente Juan Manuel Santos en el XX Encuentro de la Jurisdicción Ordinaria

“Una profunda crisis de confianza se ha instalado en el alma nacional, un sentido de crisis recorre el país, un malestar se ha apoderado de muchos compatriotas.”

“Es algo que todos sentimos y percibimos, cada uno en el ámbito en que se desempeña –en la mesa del hogar, en la conversación casual con los compañeros de trabajo, en las frases furtivas que intercambiamos casualmente en el transporte público o en la calle, en los estados de ánimo que observamos o expresamos en las redes sociales–.”

“Es de la mayor importancia que todos intentemos entender qué es lo que nos pasa. Tal como ocurre con las crisis familiares o personales, existe la tentación de arreglar los problemas haciendo cosas, actuando, interviniendo.”

“Inevitablemente, siempre será necesario ‘hacer cosas’, pero si se hacen antes de pensar con cuidado y calma, se pueden cometer errores y empeorar la situación.”

“En las familias, en los grupos de amigos, en los vecindarios y en la intimidad individual suele verse que lo primero que se nos ocurre para arreglar los problemas no siempre es lo más acertado.”

“Lo más importante que hace un Presidente es ‘presidir’ un debate público para que sea respetuoso, democrático, inclusivo y –sobre todo– fructífero.”

“No es aportar soluciones mágicas ni inventar balas de plata. No es imponer puntos de vista ni actuar como si tuviera todas las soluciones. Es, más bien, ayudar a que encontremos juntos las mejores soluciones posibles.”

Estas, apreciados jueces y magistrados de la jurisdicción ordinaria, no son palabras mías, ni se refieren a Colombia.

Son palabras del expresidente de Chile, Ricardo Lagos, quien me visitó la semana pasada para entregarme su más reciente libro, en el que hace un llamado y unas propuestas para vencer el pesimismo que reina entre los chilenos.

Pero que aplican a Colombia, y a la mayoría de las democracias liberales.

Traigo a colación las reflexiones de este gran líder latinoamericano porque las encuentro especialmente oportunas.

Lo dije en mi intervención en el encuentro de la jurisdicción constitucional la semana pasada: ver la fotografía de un expresidente de esta Corte –la Corte Suprema– reseñado como cualquier reo en su ingreso a la cárcel de La Picota por actos de corrupción es un hecho que nos duele y nos estremece.

Es un hecho que nos llena de rabia y de tristeza –y que nos obliga a reflexionar con cabeza fría, pero al mismo tiempo a actuar con toda la contundencia–.

No voy a referirme a la reforma a la justicia, que ya se está discutiendo, y cuyo primer brochazo se le presentó al país la semana pasada por parte de la llamada cumbre de poderes.

Diría, eso sí, que se trata de propuestas razonables, necesarias, que nos permitirían seguir avanzando en la dirección correcta.

Propuestas alrededor de las cuales debe construirse el más amplio consenso posible, de modo que se traduzcan en cambios concretos y eficaces a la mayor brevedad.

Una vez se obtenga el respaldo –que no solo debe venir de los jueces o los políticos, sino de la academia y de demás actores interesados en ese anhelo nacional de mejorar nuestra justicia– se decidirá el camino más apropiado para hacerla realidad.

Este debe ser un trabajo de todos y para todos, y a eso los convoco: a trabajar juntos por este propósito imperativo.

¿Qué quiere decir cuando digo que hay que actuar con toda la contundencia? Aquí me refiero a que opere la justicia con toda su fuerza.

La mejor forma para que una institución recobre su credibilidad y legitimidad es que la ciudadanía la vea produciendo resultados.

Y hay que destacar que, por fortuna, eso está sucediendo.

Entiendo que muchas personas sientan que la corrupción está disparada, pero eso no es necesariamente cierto.

No es que haya más corrupción: es que las instituciones están destapando la corrupción y la están combatiendo. Están dando resultados.

Tampoco podemos –ni debemos– caer en la generalización ni en los sofismas. Las instituciones no delinquen. Ni las Cortes, ni las cámaras legislativas, ni las instituciones del resto del Estado son corruptas.

Las que delinquen, las corruptas, son las personas que traicionan la confianza de los ciudadanos y que nunca son todas.

Por eso –insisto– hay que tener cuidado de no generalizar. Ni podemos caer en la tentación de arrasar con todo.

Es hora de actuar con firmeza, pero también con cabeza fría. Darle una patada a la mesa –como algunos piden– es hacerle el juego a los extremismos, y acaba haciéndole daño a la democracia y a sus instituciones.

Como hacen los capitanes cuando enfrentan tormentas o huracanes, hay que mantener el rumbo. Hacer los cambios que haya que hacer, castigar al que haya que castigar, pero sin perder el norte.

En estos siete años no nos hemos quedado quietos. Hemos querido construir sobre lo construido.

Se han hecho reformas y tomado decisiones que, sumadas, equivalen a una gran –y subrayo la palabra gran– reforma a la justicia en la dirección correcta.

Sacamos adelante los códigos de Procedimiento Administrativo y de lo Contencioso Administrativo, así como el Código General del Proceso y el Estatuto de Arbitraje. Y se aprobó un severo – tal vez el más severo– Estatuto Anticorrupción.

También las leyes de Arancel Judicial y de Racionalización de la Detención Preventiva –a las que le sumamos el Conpes de política carcelaria y la llamada Ley de Pequeñas Causas–.

Hemos saldado deudas históricas con los trabajadores de la Rama Judicial en materia de nivelación salarial.

Además, en estos 7 años se han creado más de 7.100 puestos de trabajo en la Rama.

Todo esto lo hemos respaldado con un gran esfuerzo presupuestal a pesar de las afugias fiscales: para este año, el presupuesto de la Rama Judicial fue de 3 y medio billones de pesos –el doble de lo asignado en 2010–.

Un elemento muy importante es la lucha por la descongestión y la formalización. Casi 6 mil cargos que inicialmente se crearon para tareas de descongestión –de manera provisional– ahora son cargos permanentes.

Nuestro compromiso también quedó plasmado en la Ley 1781 del año pasado, por medio de la cual se crearon las salas de descongestión de la Sala de Casación Laboral de la Corte Suprema.

Cuatro de estas salas ya están funcionando, y esperamos que logren evacuar más de 20 mil procesos que hoy están represados.

Los beneficiados serán algunos de los colombianos que más lo necesitan: trabajadores, pensionados, personas de la tercera edad y menores de edad, así como personas en condición de discapacidad, y madres y padres cabeza de familia.

Ustedes saben mejor que yo que una justicia lenta y demorada afecta la confianza de los ciudadanos en sus instituciones. Por eso tenemos que seguir trabajando para avanzar más en descongestión, formalización y eficiencia con transparencia.

Las democracias y las instituciones que las componen

–imperfectas por naturaleza– deben someterse a un proceso de mejoramiento continuo.

Ese es el faro que nos ha alumbrado en este camino. Trabajamos –y seguiremos trabajando– para que Colombia tenga una justicia de excelencia, que atienda los principios del Buen Gobierno.

Una justicia eficiente, pronta, eficaz y oportuna –una justicia cercana, que garantice los derechos de todos los ciudadanos– esa justicia es la base de la paz.

Sin justicia, no hay paz.

Queridos amigos:

Cuando el expresidente Lagos me entregó su libro –, a propósito, se llama En vez del pesimismo– me comentó que pocas veces había visto una oposición más brava –creo de fue la palabra que utilizó– que la que ha tenido que enfrentar mi gobierno.

¡Es que hasta a Chile se han ido a despotricar con sus usuales mentiras y difamaciones!

¡Y vean la coincidencia! Ese mismo día, el viernes anterior, para ser exactos, hace una semana, el nuevo director del liberalismo –en lo que fue interpretado como un calentamiento de su jefatura de debate para las próximas elecciones– se estrenó disparando en todas las direcciones. ¡No dejó títere con cabeza!

A renglón seguido, pidió dejar atrás la polarización y remató diciendo que a este servidor le han hecho una oposición inmisericorde.

Ciertamente, como diría el propio Gaviria.

Llevo más de siete años recibiendo todo tipo de ataques.

Me han acusado de traidor, de tramposo, de mentiroso, de comunista, de dictador, de haber sido reclutado por la KGB durante mi estadía en Londres.

Me han dicho fariano –¡hasta me pusieron un alias!–, me acusaron de haber financiado mis campañas con plata del narcotráfico, con coimas de Odebrecht, con plata de ‘Los Comba’ y con plata venezolana.

Me han señalado de ser ficha de los Castro, de ser ficha de Chávez y, por supuesto, de ser ficha de los dos: ¡todo un castrochavista!

Que pacté con las Farc el aumento de los cultivos ilícitos, que he querido acabar con el Ejército, con la Policía, con la propiedad privada, con la libertad de expresión, y otras tantas barrabasadas.

Que conspiré con un jesuita comunista de nombre Francisco –y no es de apellido De Roux– para lograr una paz que le permita a las Farc tomarse el poder.

Que me compré el premio Nobel, que regalé a San Andrés, que acabé con la seguridad, que hice añicos la confianza inversionista y la cohesión social.

En fin… ¡La lista es interminable!

Pero, hay una acusación que nos atañe a todos los aquí presentes –a los jueces y al gobierno–: nos acusan de persecución.

A ustedes los acusan de persecución política y, a mí, de persecución judicial.

No importa que eso no tenga la más mínima lógica. Porque mentir, difamar, mentir y difamar –que de eso algo queda, como diría Laureano– parece ser la consigna.

Han llegado al extremo de irse ante tribunales internacionales –como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos o la Comisión de Derechos Humanos de la ONU– para hacer estas acusaciones y presentarse como perseguidos políticos.

Las acusaciones, por supuesto, han sido rechazadas, tanto en Washington como en Ginebra, por absurdas y fantasiosas. Pero no importa: lo importante para ellos es el ruido.

He dicho muchas veces que el mejor programa de gobierno para cualquier Jefe de Estado es cumplir con la Constitución, trabajar todos los días para garantizarles los derechos a todos los ciudadanos, incluidas las minorías y, desde luego, a los críticos y opositores.

Siempre he creído –como diría Belisario– que es mejor una crítica desbordada que una crítica amordazada.

Esa ha sido mi norma de conducta: nunca he perseguido a ningún crítico ni opositor. A nadie. Solo a los bandidos.

Decir que el Gobierno persigue a la oposición a través de los jueces es un insulto no solo al Gobierno sino a la justicia misma.

Ustedes, mejor que nadie, saben que esa es una acusación absolutamente descabellada y sin sentido.

Recuerdo cuando los visité a ustedes a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia –en su Sala– el 9 de agosto de 2010, apenas dos días después de posesionarme, y les dije que quería restablecer las relaciones, que quería trabajar en forma armónica –que colaboráramos tal y como lo establece nuestra Constitución–, pero que tuvieran la seguridad de que siempre sería totalmente respetuoso de su independencia y que nunca trataría de interferir en ninguna de sus decisiones.

Y así lo he hecho. Ustedes saben perfectamente que esto lo he cumplido al pie de la letra.

Me duele que mucha de la crítica de la oposición haya sido tan destructiva, no por mí sino por el país, pero nunca por eso la voy a perseguir.

El talante que he querido imprimirle a mi gobierno es el de un gobierno tolerante, incluyente, reformista, respetuoso, dialogante, justo, generoso, compasivo…

Decía Molière que “el hombre sabio es superior a los insultos que se pongan sobre él”.

Yo los invito a que todos asumamos esa actitud: seamos superiores a los insultos y avancemos.

Que nuestras acciones sean superiores a cualquier invitación a responder con odio, con violencia o con venganza.

Que nuestras instituciones sean superiores a unos pocos individuos que las han manchado con sus acciones.

Que nuestro espíritu como nación sea superior a cualquier tormenta que nos quiera desviar del camino del progreso, del bienestar, de la reconciliación y de la paz por el que estamos caminando.

Finalmente quiero agradecerles su contribución a la Paz.

Esta Corte Suprema fue seleccionada como parte del comité de escogencia de los magistrados que deberán aplicar la justicia transicional para cerrar definitivamente el conflicto armado con las FARC, que tanto dolor y sangre nos costó.

Se hizo un gran trabajo. Como lo dijo el fundador de ‘De Justicia’, Rodrigo Uprimny, en su última columna:

“El proceso ha sido el más transparente que yo conozca. La inscripción era abierta, con reglas y plazos claros, las hojas de vida de los aspirantes y sus razones para postularse eran públicas para que la ciudadanía pudiera hacer observaciones; y, sobretodo, no se ha conocido ningún escándalo ni ningún intercambio de favores.”

El representante de ustedes, el doctor Francisco Acuña, puede usted sentirse muy satisfecho por el deber cumplido.

Apreciadas Magistradas y Magistrados:

Este es el último encuentro de la jurisdicción ordinaria al que asisto como Presidente de la República.

Con la mano en el corazón les digo gracias. Gracias por avanzar en la tarea de llevar justicia a quienes más la necesitan y por su contribución a la consolidación de una mejor Colombia.

Sin duda, hoy tenemos un mejor país que el que teníamos siete años. Pero nos falta muchísimo, mucho camino por recorrer.

Los invito a seguir trabajando, a no bajar la guardia en esta tarea dura, pero necesaria y gratificante.

A ser una Corte cada vez mejor, que pueda dar ejemplo y fortalecer la democracia en este momento crucial de nuestra historia.

Muchas gracias.

(Fin)

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