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Palabras del Presidente de la República de Colombia y Premio Nobel de la Paz 2016, Juan Manuel Santos, en la instalación de la XVI Cumbre Mundial de Premios Nobel de la Paz

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Bogotá , jueves, 2 de febrero de 2017
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Palabras del Presidente de la República de Colombia y Premio Nobel de la Paz 2016, Juan Manuel Santos, en la instalación de la XVI Cumbre Mundial de Premios Nobel de la Paz

Apreciados colegas laureados con el Premio Nobel de la Paz:

¡Bienvenidos, muy bienvenidos, a Colombia, la patria del realismo mágico y hoy –por fortuna– la patria de la paz!

Y bienvenidos a Bogotá que –gracias a ustedes– es y será todo este año LA CAPITAL DE LA PAZ.

Nos sentimos honrados –felices– de tener en nuestro suelo a este grupo selecto de hombres y mujeres, de organizaciones, que representan los mayores y mejores esfuerzos de la humanidad por alcanzar y consolidar la paz, por liberar los pueblos de la opresión y los regímenes injustos, por defender y proteger los derechos humanos, por lograr una vida más digna para millones de personas, y por preservar el planeta.

¡Qué orgullo y qué alegría que la organización de la Cumbre haya seleccionado a Bogotá para realizar esta decimosexta edición, la primera que se realiza en un país de América Latina!

Gracias, muchas gracias, a Mónica De Greiff y a la Cámara de Comercio de Bogotá por promover esta idea.

Y gracias a Ekaterina Zagladina y a todo el equipo del Secretariado Permanente de esta cumbre, por hacerlo posible.

Pero sobre todo gracias, muchas gracias, a ustedes, mis colegas laureados, que han venido desde todas las regiones del mundo para compartir sus experiencias con nosotros y muy especialmente con los jóvenes, que vienen a buscar inspiración y ejemplo.

¡Qué honor para ustedes y para mí hacer parte de esa familia Nobel que incluye a personas que son paradigmas de valor, de compasión y trabajo por la humanidad, como la Madre Teresa de Calcuta, Martin Luther King o Nelson Mandela!

¡Qué honor para mí y para los colombianos poder estar hoy con ustedes y aprender de su coraje y su compromiso con la paz!

Llegan ustedes a una Colombia diferente a la que existía hace apenas tres meses, cuando todavía estaba vigente en nuestro país el conflicto armado más largo y antiguo del Hemisferio Occidental: un conflicto de 52 años entre hijos de una misma nación, que nos costó más de 8 millones de víctimas y desplazados, y más de 220 mil muertos.

Ese conflicto –gracias a la voluntad de las partes involucradas, gracias a la paciencia y apoyo del pueblo colombiano, y gracias al respaldo unánime de la comunidad internacional– ya terminó.

Y miren esta afortunada coincidencia con la Cumbre que hoy instalamos: esta misma semana está ocurriendo algo que los colombianos habíamos soñado por mucho tiempo pero que las últimas tres generaciones ya no creíamos posible.

Y lo logramos. Lo que parecía imposible… ¡lo hicimos posible!

Más de 6 mil hombres y mujeres de la guerrilla de las FARC –que por medio siglo estuvieron alzados en armas contra el Estado– se están concentrando en diversas zonas alrededor del país, para preparar su reincorporación a la vida civil y entregar las armas a las Naciones Unidas en un proceso escalonado que debe cumplirse en los próximos 4 meses.

Y hay otra coincidencia: el martes de la próxima semana –en Quito– comenzará la fase pública de conversaciones entre el Gobierno colombiano y el ELN, la última guerrilla de Colombia y del continente, lo que nos permitirá alcanzar LA PAZ COMPLETA.

¡De eso se trata la paz! De que los adversarios que combatían en el campo de batalla encuentren un lugar común en el diálogo y la civilidad para tramitar sus diferencias.

¡De eso se trata la paz! De dar la oportunidad a quien acudió a medios violentos para expresar su rebeldía; de cambiar los fusiles por la palabra, las balas por las ideas, la lucha armada por el debate democrático, el odio por la reconciliación.

La paz también se trata de hacer valer los derechos de las víctimas a la verdad, a la justicia, a la reparación y a la no repetición de las situaciones que tanto las afectaron.

En esto el proceso de paz colombiano ha sido pionero, y esa es – tal vez– la mayor lección y legado que podemos dejar a otros conflictos que están aún por resolverse en el mundo: las víctimas han estado en el centro de la discusión y en el centro de la solución del conflicto.

Las víctimas del conflicto fueron –de hecho– la inspiración y las mayores impulsoras del proceso de paz.

Ellas nos enseñaron a todos los colombianos que es posible perdonar, que es posible ser generosos, que es posible abrazar la reconciliación, y lo hicieron con altruismo, pensando no solo en ellas sino en que no hubiera nuevas víctimas en el futuro.

El acuerdo de paz –el nuevo acuerdo de paz que firmamos el pasado 24 de noviembre en el Teatro Colón, adonde iremos esta misma noche– establece un sistema integral para la satisfacción de los derechos de las víctimas, que incluye una Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad (esa verdad que, como dice la Biblia, nos libera), una Unidad de Búsqueda de Desaparecidos, y –algo muy especial– un sistema de justicia transicional que también ofrecemos como modelo para el mundo.

Ayer precisamente nuestra Cámara de Representantes le dio su aprobación a ese esquema sui generis de justicia transicional, que espero muy pronto el Senado haga lo propio.

En todo proceso de paz uno de los aspectos más difíciles es armonizar la exigencia de la sociedad para que haya justicia frente a los delitos cometidos con el anhelo de la misma sociedad de que se detenga la confrontación. ¡El eterno dilema entre justicia y paz!

Nuestro reto era lograr un sistema de justicia transicional que garantizara el máximo posible de justicia sin sacrificar la paz, respetando nuestra Constitución y los tratados internacionales, como el Estatuto de Roma. Y creo que lo hemos logrado.

Ahora Colombia se enfrenta a un nuevo mañana, a un futuro más promisorio sin el lastre del conflicto armado. Pero sabemos también que la firma del acuerdo es solo el principio.

La implementación del acuerdo –que implica garantizar la presencia del Estado en las zonas más afectadas por el conflicto, desminar el territorio, realizar ambiciosos programas de desarrollo rural y de sustitución de cultivos ilícitos, poner en marcha el sistema de Justicia Especial para la Paz, y lograr una adecuada reincorporación de los exguerrilleros a la sociedad– será tanto o más difícil que la propia negociación.

Aquí necesitamos, y lo solicito de todo corazón, el apoyo de todo el pueblo colombiano, y aquí necesitamos el apoyo también de la comunidad internacional, que ya ha comenzado a llegar a través de fondos creados por las Naciones Unidas, por la Unión Europea, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo.

Sus luces y experiencia, apreciados colegas laureados, serán bienvenidos en esta desafiante etapa de posconflicto que apenas estamos comenzando.

Por eso es tan importante tenerlos acá, y por eso queremos –además de compartir con ustedes las lecciones de nuestro proceso de paz– aprender de ustedes, de cómo en sus países y organizaciones, han podido avanzar hacia las metas universales de la paz, la libertad, la igualdad y la concordia.

Y hoy, ¿QUÉ LE PODEMOS DECIR A LA HUMANIDAD?

En medio del terrorismo, las guerras, las contiendas raciales o religiosas, la discriminación, la crisis de los refugiados y el rechazo creciente y absurdo a los migrantes… Frente al discurso de odio y exclusión que conquista los corazones atemorizados… ¿qué le podemos decir a la humanidad?

Hoy quiero hacer una reflexión, que no es mía, sino el resumen de las enseñanzas de los grandes pensadores, de los grandes maestros que en este mundo nos han iluminado con su palabra y su ejemplo.

El ser humano –individual y colectivamente– se encuentra atraído por dos fuerzas opuestas: EL AMOR Y EL MIEDO.

Parece exótico –en una cumbre internacional como esta– hablar de estos dos conceptos tan humanos: el amor y el miedo.

Pero ya es hora de dejar a un lado la formalidad del lenguaje diplomático para hablar sinceramente de las fuerzas que realmente dominan las acciones de los hombres y de las mujeres, es decir, de las familias y las comunidades, de las naciones y del mundo.

Cuando hablo de amor me refiero a la UNIDAD, porque el amor parte del concepto más alto de todas las religiones y todos los sistemas filosóficos: que los seres humanos somos UNO, una sola familia, una sola raza de todos los colores, un solo origen y un solo destino, y que lo que pasa a uno les pasa a todos.

Cuando hablo de amor me refiero a la COMPASIÓN, que nos permite entender el anhelo, el temor y el sufrimiento de nuestro semejante, incluso de aquel que apunta un arma contra nosotros; que nos permite ponernos en los zapatos del otro y buscar un punto de vista común para hacer posible la convivencia.

Cuando hablo de amor me refiero a la TOLERANCIA, a la certeza de que la diferencia y la diversidad son las riquezas más valiosas de nuestras culturas.

¿Y qué es lo contrario del amor? No es el odio; es el miedo. Lo que pasa es que el miedo alimenta al odio.

Dentro de cada victimario hay una víctima que grita; hay un ser humano que teme y que heredó sus miedos y prejuicios de sus mayores o de sus líderes.

Detrás de cada golpe, hay un clamor; hay un mensaje que debemos escuchar para convertir ese clamor en una acción positiva y no en actos destructivos.

Cuando hay miedo, hay desconocimiento; vemos a los demás como extraños, como amenazas.

Cuando hay miedo, rechazamos al diferente, nos negamos al cambio y la evolución, obramos sin compasión ni respeto.

Por eso, donde hay miedo nace la violencia, crece la ambición, surge la discriminación, se aplastan los derechos del Otro.

¿Cuál es nuestra tarea entonces?

Trabajar con la verdad y desde la verdad, trabajar con la justicia y desde la justicia, trabajar con el corazón y desde el corazón, para derrotar al miedo y hacer posible la certeza de la esperanza.

Trabajar desde la educación, desde la formación de nuestros niños y jóvenes, en la enseñanza de una cultura de tolerancia, de respeto al otro y a sus diferencias, de apreciación y defensa de la diversidad.

Se trata de un cambio de concepción, de un cambio radical de paradigma: pasar del miedo, la exclusión y la separación… al amor, la compasión y la unidad.

Por años, por siglos, nuestras familias, pueblos enteros, religiones, han bebido del río de las culpas y la venganza, han insistido en separarnos, en atizar odios aprendidos.

En estos tiempos desafiantes, nos llegó la hora de reversar esa corriente.

Somos más, cada vez más, los que creemos en valores superiores, valores que NO dividen sino que congregan, valores que ayudan a superar conflictos y que no los perpetúan.

“Pueden decir que soy un soñador”… cantaba no Bob Dylan, sino John Lennon.

“Pueden decir que soy un soñador… ¡pero no soy el único!”.

(You may say I’m a dreamer, but I’m not the only one!).

Permítanme –entonces– repetirme, pues el mensaje es sencillo y debe calar hondo para que lo expandamos al mundo entero.

Nuestro pueblo es uno solo y se llama EL MUNDO. Y nuestra raza es una sola y se llama HUMANIDAD.

Si entendemos esto –no intelectualmente sino desde el fondo de nuestra alma–, si expandimos este mensaje de unidad, podremos cortar la raíz verdadera de todos los conflictos en el mundo entero.

Bien lo ha dicho otro de los grandes laureados con el Nobel de la Paz:

“Para crear una paz interior, lo más importante es la práctica de la compasión y el amor, la comprensión y el respeto por los seres humanos. Los más poderosos obstáculos para ello son la ira y el odio, el temor y el recelo. De modo que, mientras la gente habla de desarme en el mundo entero, cierto tipo de desarme interno es prioritario”.

Esa es la verdad: para desarmar al mundo tenemos primero que desarmarnos nosotros, los seres humanos, en nuestro interior.

Ahí comienza el cambio. En nuestro interior está la respuesta.

Gracias, muchas gracias de nuevo, apreciados laureados, por acompañarnos en esta Cumbre, cuya existencia debemos al presidente Mikhail Gorbachev, a quien enviamos desde Bogotá un afectuoso saludo. Quiso venir, pero por problemas de salud de última hora no está con nosotros.

Gracias, muchas gracias, a los que representan los esfuerzos de paz y libertad en Centroamérica, en Sudáfrica, en Irlanda del Norte, en el Medio Oriente, en Timor Oriental, en Túnez, en Liberia, en Irán, en Yemen, en tantos sitios del mundo…

Gracias a quienes trabajan por los refugiados, por los hambrientos, por los niños, por extirpar las minas antipersonal del planeta, por la educación y por el medio ambiente, pues sí existe el cambio climático…

¡Gracias por inspirarnos! La paz de Colombia a todos ustedes les debe mucho, pues estudiamos su experiencia, y aprendimos mucho de su ejemplo y de su valor. Muchos de ustedes estuvieron aquí animándonos, impulsándonos.

Espero que disfruten estos días en nuestro país, y que juntos transmitamos al mundo y a nuestros jóvenes un mensaje claro y contundente de ESPERANZA.

Un mensaje que haga posible que EL AMOR –el poderoso amor… ¡EL PODEROSO AMOR!– venza sobre el miedo.

Muchas gracias.

(Fin)

/Audios/3016_CumbrePremiosNobelPaz_20170202.mp3

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