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Humberto de la Calle

Democracia: ¿Ocaso o Transformación?

 Bogotá, 24 de julio de 2016. lasillavacia.com

​Agrega Raffaele Simone que “el sistema democrático se ha vaciado de contenido”.

Pareciera una simple frase destinada a causar impacto pasajero, pero en verdad está inscrita en una reflexión profunda sobre el estado de la democracia. Y no proviene propiamente de un militante de ese nuevo populismo ramplón que recorre el mundo como un fantasma.

Lo que sigue en el inmediato futuro es escoger entre la nostalgia del autoritarismo o la acción cuidadosa y transicional buscando conducir las aguas de los conflictos sin desbordamientos cataclísmicos.

Al serio examen crítico de lo que ocurre en el primer mundo sobre los métodos acreditados de gobernanza, hay que sumar las preocupaciones criollas, cuya valoración se ha acentuado a partir de los diálogos de La Habana para poner fin al conflicto con las FARC.

Primero están los problemas estructurales de la idea liberal.

La base es una sociedad de iguales que decide racionalmente delegar en algunos pocos la toma de decisiones bajo el supuesto de que estos pocos solo actúan previa discusión sensata enderezada únicamente al logro del bien común. Ya de por sí esta idea ha ido envejeciendo. Es como un gabán raído que, no obstante, no oculta cierta nobleza añeja.

Las troneras son varias: la idea de la igualdad ha sido reemplazada por la visión postmodernista de lo específico.

Juvenal, un destacado líder indígena, me dijo hace pocos días: “Bogotá queda demasiado lejos de Colombia. La democracia no se vale solo por las intenciones sino por el resultado. En un esquema de voto igualitario, los indígenas no tendremos nunca acceso. Somos una minoría humana que posee un territorio enorme, desprovisto de representación real”.

En esencia, es la noción misma de ciudadanía la que está en quiebra. Cada vez menos personas creen que la ciudadanía desnuda es la habilitación de la representación.

A ese paradigma se le antepone ahora lo concreto, lo específico: lo indígena, lo afro, lo sindical, lo campesino, lo gay.

Representación como lugar de encuentro es una idea rota. Ahora tenemos una democracia que juega en diversos tableros. La irrupción de los movimientos sociales es una realidad que desborda los conceptos originarios.

La segunda tronera viene de un examen microscópico del poder: influencia de los grandes capitales, financiación de la política, dañado y punible ayuntamiento entre el Ejecutivo y los flamantes “representantes del pueblo”. Es decir, democracia aparente como mascarón de proa de un sustrato plutocrático.

La tercera tronera viene de la ética: corrupción, beneficio personal, finlandización de las decisiones por interés inconfesable.

Por su lado, la otra inspiración fue tomada del socialismo. La igualdad de escuela, techo y pan aun a costa de ese utópico ciudadano racional en libertad.

Pero la utopía socialista se ha topado con viejas predicciones hechas realidad: la inequidad es un caballo desbocado.

Habría más. Pero basta por ahora.

En 1991 afrontábamos ya esos padecimientos y es en ese entorno donde surge la idea de la democracia participativa como una noción redentora.

Si usted matizaba el ejercicio que Ortega y Gasset llamó acrobático, consistente en la creencia de que unos pocos representan a los demás, y en vez de eso le entrega la decisión a cada quien, habría encontrado el vellocino de oro.

El supuesto era que la democracia directa era una panacea que corregía el vicio originario de la representación. Pero en realidad, pese a la multifacética apelación a la democracia participativa en la Constitución, la práctica ha sido bien distinta.

Nació en medio de una maraña de temores, acentuados después.

La exaltación chavista o el triunfo del Brexit, han hecho pensar a muchos que por fortuna no caminamos más en la dirección de la democracia directa.

En cambio, lo que sí ha ocurrido, es un crecimiento inorgánico de mecanismos informales de participación ciudadana, arropados bajo el manto de la insatisfacción.

Dignidades campesinas, paros caminoneros, la desvelada voz étnica, el clamor por la apropiación de la identidad sexual, en fin, manifestaciones superpuestas y fragmentarias cuyo denominador común es la protesta y la antipolítica.

El riesgo no es la protesta. El riesgo son las limitaciones de la protesta. La incapacidad de encauzar acciones y metas mediante procedimientos eficaces. La protesta no como medio, sino como fin.

Y en el territorio de la democracia participativa, surge una cuarta tronera de reciente cuño: Democracia no es tanto método para decidir por mayoría, sino instrumento para proteger las minorías. Los derechos pesan más que la estadística.

Recientemente se planteó el tema a propósito del Plebiscito por la Paz. Se dijo que la mayoría podía derogar la paz de modo que la pregunta era inconstitucional. Es un simple sofisma. Sólo un tonto preguntaría si se debe buscar la paz.

La verdadera pregunta se referirá al método que se negocia en La Habana. Pero detrás del sofisma un tanto oportunista, hay una realidad de fondo: Aún la mayoría tiene un límite, luego la democracia directa también lo tiene. No resuelve todos los problemas de la democracia.

¿Qué sigue?

Primero hay que refinar el diagnóstico sobre el sitio preciso en que nos encontramos. Una especie de GPS que señale si estamos en el ocaso de la democracia liberal, o en el amanecer de una nueva gobernanza postmodernista. O también, aunque suene difícil,  si las sombras son pasajeras y hay un nuevo futuro para la democracia representativa.

En Colombia hay un mosaico de acciones centrífugas.

Una “clase política” miope prefiere seguir en el banquete sin pensar en las consecuencias. Como los pasajeros del Titanic embelesados con la música de cámara.

Segmentos bien intencionados, en cambio, trabajan en las refacciones del edificio, con la creencia de que la estructura está sana: normas sobre partidos políticos, financiación de campañas, sistema electoral, ampliación y refinamiento de la representación.

Otros buscan por el lado de los movimientos sociales. Una pista alternativa como suele ocurrir en ciertos festivales del arte pictórico: un salón de rechazados. No digamos que un circo de dos pistas para no caer en la ácida diatriba.

No pocos juegan el juego ciego de la insatisfacción que se nutre a sí misma.

Y la mayor porción de nuestros ya casi cincuenta millones de habitantes, bastante desentendidos, embargados en la lucha por el condumio, la faltriquera, léase la simple supervivencia.

La disyuntiva no se resolverá súbitamente. No se ve algo que ocurra de la noche a la mañana.

Pero lo que sí es cierto es que el armazón representativo que hoy tenemos está mostrando grietas.

De la Mesa de La Habana surgen ideas, por ahora acaballadas en los dos escenarios: mejoramiento del funcionamiento representativo pero a la vez revisión de sus linderos a fin de buscar una arquitectura más incluyente.

Antes de un diagnóstico final, que quizás se demore, lo que sigue en el inmediato futuro es escoger entre la nostalgia del autoritarismo o la acción cuidadosa y transicional buscando conducir las aguas de los conflictos sin desbordamientos cataclísmicos.

Lo que sí es cierto es que terminado el conflicto interno militar, el conflicto social perdurará. El reto es no matar el tigre y asustarse con el cuero. Ante el fragor social, lo peor sería dar marcha atrás y llamar a somatén para reiniciar la guerra.

Ese será el momento de la serenidad, de la mente abierta para asimilar el conflicto y para impulsar el cambio. No será el momento del retroceso.

Habrá mucho de talante.

Una visión sin arrogancia, sin temor del “ensayo y error”, distribuyendo el ojo y el oído de la autoridad en un escenario genuinamente plural para ir construyendo con paciencia de abeja obrera un nuevo tejido que permita una gobernanza sostenible.

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