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Columnistas
Cristina Plazas Michelsen

¿Nuestros niños condenados al horror y la muerte?

 Bogotá, 09 de febrero de 2017. ElColombiano.com

Por estos días los colombianos están muy preocupados por cosas como la implementación de los acuerdos de paz, la corrupción que desangra al Estado y las futuras campañas presidenciales entre varios temas importantes. Pero al mismo tiempo parecieran desentenderse de la dolorosa realidad de violencia que sufren nuestros niños y niñas, a la que poca atención se le presta.

Los colombianos deben asumir una posición clara y tajante para evitar que los niños sigan pagando las consecuencias de los problemas de los adultos.

Hace tan solo ocho semanas el país se conmocionó con el doloroso e incomprensible asesinato de Yuliana Samboní, víctima de secuestro, tortura y abuso sexual, entre otros delitos. Repugnante crimen que mereció dos semanas de rechazo público, pero nada más.

Ese crimen estaría lejos de ser el último caso. Solo en 2016, el ICBF atendió más de 10.000 niños víctimas de violencia sexual y otros 10.000 por maltrato infantil. Llegó 2017 y seguimos viendo en los medios de comunicación más casos de maltrato, abuso y negligencia sin que merezcan una condena definitiva de esta sociedad que cada día parece más enferma.

No exagero cuando digo que somos una sociedad enferma. Hemos decidido volvernos los depredadores de nuestra misma especie y en esa carrera desenfrenada decidimos que las mejores víctimas son los más indefensos. Sí, los niños son el blanco preferido de los adultos. Vemos con asombro cómo una madre mata a su hija de siete meses por que se parecía a su padre. Esa madre confiesa sin pudor: “yo me desquité con ella”. Empezamos el año aterrados viendo cómo una madre amarraba a su hijo a una viga de su casa. Ella justificó su conducta diciendo: “lo hice porque lo mismo hacían conmigo cuando niña”.

Quedé muy impactada cuando conocí la historia de una niña de meses a quien utilizaban para tomarle fotografías con los órganos sexuales de su padre con destino al mercado de la pornografía infantil. El horror fue mayor cuando supe que la madre indolente permitía semejante atrocidad.

Cuando digo que los adultos nos estamos encargando de matar, de herir física y emocionalmente a nuestros niños y de convertirlos en trofeo de las disputas entre papás y mamás, las cifras lo ratifican. El 87 % de los abusos contra nuestros niños ocurren en la casa y el 95 % son cometidos por personas cercanas. ¿Hay que decir algo más?

Ante la pasividad y la indiferencia de todos, los agresores decidieron que los niños merecen ser las víctimas. Quienes debían cuidarlos son ahora sus verdugos. ¿Acaso un niño podría llegar a pensar que su padre, madre o familiar podría ser su agresor? Se aterrarían ustedes si vieran la clase de denuncias que hacen los niños y adolescentes en la línea 141, abierta para dejar de callar. El volumen de denuncias, en dos meses, se incrementó en un 300 % y eso lo dice todo.

Hace dos años, otro horrendo crimen sacudió nuestros corazones. Lo recuerdo porque aterrada, como millones en Colombia, esperaba que nunca se repitiera un hecho tan atroz. Se trata de los hermanos Samuel, Deiner, Juliana y Ximena Vanegas Grimaldo indefensos habitantes del Caquetá, quienes fueron víctimas de la locura de unos asesinos que se ensañaron contra ellos. Por su asesinato están presos los dos autores materiales y la autora intelectual. A esos niños yo no los olvido, como no debería olvidarlos esta sociedad.

Desde el ICBF, y yo como directora, quiero reiterar mi llamado a todos los colombianos para que asumamos una posición clara y tajante para evitar que los niños sigan pagando las consecuencias de los problemas de los adultos. Estamos luchando para proteger a los niños, pero será infructuoso sin la ayuda de la comunidad, representada en cada padre, madre y adulto. Si no emprendemos una acción definitiva tendremos que seguir viendo la deplorable escena de enterrar a nuestros niños, paradójicamente en los tiempos de paz. Paz que queremos construir sobre el maltrato y abuso de nuestros hijos. A esta indolente y enferma sociedad le será imposible alcanzar la paz verdadera si, en medio de la indiferencia, condena a muerte a sus propios niños.

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